Llego a esta conclusión plenamente consciente y seguro de ello y, aunque las afirmaciones categóricas suelen invitar al dogmatismo, procuro hacerlo sin caer en la falsa seguridad de la ignorancia (ese concepto tan denostado y combatido por mi admirado Bertrand Rusell)
Quizá necesitaba una razón o un motivo que sirviese de espoleta para confirmar ese razonamiento, y la circunstancia se ha dado.
Aprovechando que una amistad se encuentra estos días recorriendo diferentes paises asiáticos le comenté que, si a su paso por Camboya encontraba algún sitio donde comprar el Tum Teav, me trajese un ejemplar (traducido al inglés a ser posible ya que en castellano creo que será más complicado)
Y ¿qué tiene de especial Tum Teav para este tema? Tum Teav son dos palabras que me hacen reflexionar en este momento en el que mi vida gira entorno a un centro de trabajo bastante mecánico, con rutinas marcadas y con el fantasma de la alienación siempre sobrevolando como un buitre sobre la conciencia de clase.
Tum Teav también son palabras que me vengo repitiendo estos días cuando observo en el televisor o escucho en la radio las noticias sobre un mundo tan contagiado de la ideología de odio y de una exaltación de las diferencias como barrera y sinónimo de conflicto. Diferencias religiosas, culturales, de “sistemas de valores”, etc.. La confrontación entre oriente y occidente llevada a la hipérbole hasta un punto que no se recuerda desde los tiempos de los dos bloques, en aquellos lejanos años de la “Guerra Fría”. Una hostilidad que se contagia entre “civilizaciones” y entre países pero que se lleva a cabo también de fronteras hacia adentro como estamos viendo en EEUU: el país que presumía de ser el más diverso del planeta convertido ahora en un coto privado de caza para las tropas neonazis del ICE.
Tum Teav puede que sea una herramienta eficaz cuando la búsqueda de valores y conceptos universales se hace urgente para preservar la convivencia.
El cuento camboyano Tum Teav narra la historia de dos personas que se aman pero sus deseos se ven frustrados por diversas razones, entre ellas algunas vinculadas al sistema social. Un cuento popular contextualizado en la camboya precolonial de hace siglos y que desde occidente nos apresuramos en apodar como el “Romeo y Julieta camboyano” (no vaya a ser que sin un referente cercano las ilustradas mentes del ciudadano occidental no fuesen capaces de comprender este relato.. véase la ironía)
En Tum Teav hay lucha de clases porque el origen de su conflicto parte de la estructura jerárquica que imponía la sociedad del imperio Jemer. Rigidez social, normas inquebrantables, corrupción y abuso de poder que entran en conflicto con la voluntad de un monje de origen humilde (Tum) y Teav, una campesina: ambos cometen el error de enamorarse.
¿Cuántos Tum Teav se habrán dado a lo largo de la Historia de la Humanidad?
El amor, la ambición y lucha de clases han estado siempre ahí. A veces transcurren en paralelo o a veces de manera entrecruzada como sucede en el cuento camboyano.
Esos dos conceptos permanecen a lo largo del tiempo sea cual sea el sistema de valores preestablecido o convenido por una sociedad concreta porque ¿acaso la Camboya del imperio Jemer tiene algo que ver con el Renacimiento italiano de Romeo y Julieta? O ¿acaso no hay algo de Tum Teav en la fábula del bandolero Robin de Locksley? Y por poner otro ejemplo en otro contexto más cercano, ¿acaso no encontramos también a Tum Teav en el Chile de la dictadura, cuando en la fábrica de Manuel la vida era eterna durante los cinco minutos que duraba la pausa en el trabajo? Sí: en la fábula de Robin Hood o en la canción de Víctor Jara también encontramos a Tum Teav.
Por eso vuelvo al principio y me reafirmo en la conclusión con la que empecé estas líneas. No sé más que eso pero eso que conozco es lo que sé. El amor y la lucha de clases han estado presentes a lo largo de la Historia y no hay ningún dato objetivo que me pueda confirmar que vaya a dejar de ser así.
Si a cualquier sociedad de cualquier tiempo la despojamos de todo aquello que llamamos “contexto histórico” o del “sistema cultural o de valores” permanecen los valores de Tum Teav, una obra que encierra mucho de lo que puede estar pasando en cualquier lugar del mundo, a cualquier hora y a cualquier persona.
En estos tiempos donde los señores de la guerra han vuelto a tomar las riendas del planeta entran ganas de vendarse los ojos y taparse los oídos para no poder ver ni escuchar la realidad. Una realidad que han impuesto con fundamentos falsos y que han convertido en un campo de batalla cultural y étnica hasta sus propias ciudades. Una realidad de falsos fundamentos que está potenciando la mirada desconfiada, ya no entre naciones, sino entre vecinos.
Occidente en su trono de marfil. A veces predicamos desde un altar que no nos corresponde y nos olvidamos de que la "superioridad civilizatoria de occidente" engendró la mayor carnicería humana de la Historia (es difícil pasar por alto la Segunda Guerra Mundial)
En estos tiempos de eterna posmodernidad el relativismo lo ha ido destruyendo casi todo. Es difícil encontrar algo positivo o un valor perdurable al que agarrarse aunque creo que no hay que perder la fe en la Humanidad: siempre nos quedarán Tum y Teav, algún bandolero enamorado enfrentándose al poder mientras reparte su botín entre los pobres, y una Amanda a la que recordar cada día en las pausas del centro de trabajo.
PD: No sé si al final mi amistad traerá bajo el brazo un ejemplar de esta obra. No obstante, al menos me ha servido para reflexionar después de bastantes años sin aportar nada en este rincón de pensar que es mi blog.

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